Viaje a través de la dimensión desconocida

Viaje a través de la dimensión desconocida

Un periodista del Washington Post relata un curso del Método Silva (1972). Publicado con la autorización de la editorial OUTLOOK del Washington Post OUTLOOK, domingo, 30 de abril de 1972.

Un periodista del Washington Post investiga el Método Silva.

Este artículo trata de la Proyección Efectiva Sensorial (PES) y de las experiencias vividas en las clases del Método Silva.

Un periodista del Washington Post decidió investigar el Método Silva en 1972, tras escuchar las afirmaciones sobre el Método.

El periodista admite abiertamente su escepticismo inicial y plantea sus objeciones y preocupaciones al inicio del artículo, pero lo interesante viene al final, cuando describe de primera mano los caso de estudio:

“Sin embargo, el análisis que Kathy hizo de mi tío me hizo reducir mi cinismo. Sin proporcionarle pista alguna, al “escanear” el cuerpo identificó la cabeza y el cerebro como las áreas afectadas. “Hay una mancha oscura o una parte eliminada… pareciera como si se la hubieran comido…”

Más tarde, cuando se le pidió que examinara el resto del cuerpo, Kathy dijo: “Solo puedo ver que algo apunta a la zona del cerebro, como diciendo: “Es aquí, es aquí…'” Luego describió su movimiento: “Se inclina pesadamente hacia delante… como si tuviera sobrepeso… tengo la impresión de que se apoya más de un lado, el derecho; no usa el izquierdo… pero no creo que tenga nada roto…”.

Era una descripción exacta de los síntomas de mi tío”.

Si has asistido a un curso reciente del Método Silva, verás que los entrenamientos actuales comparten similitudes fundamentales con el Método Silva de 1972. Cabe destacar en este artículo que es importante empezar el seminario con la mente abierta.

Como verás en el artículo, el entrenamiento del Método Silva siempre ha sido muy poderoso y eficiente para desarrollar las habilidades de PES. Aunque ha habido cambios importantes en los últimos 40 años.

Viaje a través de la dimensión desconocida

por David R. Boldt, redactor del Washington Post

Los anuncios del Método Silva no son modestos: “… a través de la función de ondas alfa puedes aprender a controlar tus problemas y mejorar tu vida… controlar tu salud, memoria, peso, sueño, dolores de cabeza… obtener calificaciones más altas… aprovechar tu potencial creativo… desarrollar la PES”.

Además, en las 40 horas de clases impartidas en una semana por el precio de USD 175, el Método Silva proclamaba ser la respuesta a la psoriasis, al tráfico, a la artritis, dormir demás, teísmo, miopía, glaucoma y cáncer, entre otros males. Es más, los instructores prometían que el Método Silva podía convertir a cada uno de nosotros en psíquicos funcionales capaces de detectar problemas en nuestros semejantes. Sí, de verdad, e incluso sanarlos, ¡O NOS REGRESARÍAN NUESTRO DINERO!

Pasada la semana, no quiero pedir mi reembolso. Nos reunimos en una sala de conferencias del Holiday Inn de Beltsville. Nuestra meditación era interrumpida cada noche por las reverberaciones de la banda en el club nocturno del hotel y por el personal de cocina que, de vez en cuando, echaban un vistazo a la clase.

El instructor, un ex-ingeniero eléctrico llamado Donald Anderson, cantaba alabanzas en la clase introductoria del lunes, en la que unas 60 personas perfectamente normales pagaron 3 dólares de entrada para escuchar por qué debían pagar otros 175 por el curso completo.

“Había testimonios de otros graduados del Método; la madre que informó a su hijo de que la cubierta del distribuidor de su coche estaba rota sin haberlo visto el auto; el médico de Filadelfia que diagnosticaba a sus pacientes antes de su consulta”.

Cita de los graduados del Método Silva

Anderson citó principalmente historias de casos como el de George, un estudiante de la American University que usó el Método Silva para sacar 10 en un examen de sociología para el que no había estudiado, imaginando literalmente que su profesor le dictaba las respuestas. (Más tarde conocí a George, un inspirador instructor del Método Silva, y me aseguró que era cierto. También conocí a otro graduado del Método Silva que había probado el método de George y suspendió).

Había otras historias de graduados: la madre que informó a su hijo de que la cubierta del distribuidor de su coche estaba rota sin haber visto el auto; el médico de Filadelfia que diagnosticaba a sus pacientes antes de su consulta; el psicólogo investigador del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH, por sus siglas en inglés) que fue al curso para burlarse y fue testigo de cómo su abuela fue rescatada de las puertas de la muerte, al parecer por la PES.

El Dr. Richard Green, psicólogo del NIMH, dijo en una entrevista que “muy poco” de lo que se afirmaba sobre el Método Silva podía demostrarse científicamente.

Pero agregó que sería “benévolo” al evaluar el Método Silva. “Dejando de lado la mitología relacionada con el curso, la mayoría de los investigadores concuerdan en la validez de la PES. El Método Silva te lleva a un estado en el que la PES puede ocurrir”.

Green dijo que en una de las sesiones de entrenamiento psíquico del curso, un compañero le advirtió de que su abuela estaba teniendo un ataque casi fatal. Por si acaso, Green llamó a una tía que vivía cerca de su abuela, y le pidió que visitara a la mujer de 94 años.

Cuando llegó, apenas tuvo tiempo de pedir ayuda. La anciana se había caído, su cara estaba azulada y daba espasmos, y agonizaba por el dolor en su pierna: los mismos síntomas que su compañero de clase había descrito, según contó Don Anderson nos contó.

Pero faltaba una parte en la historia: “Aproximadamente un mes después” –recuerda Green– “volví para hacer un curso de repaso. Mi abuela acababa de recibir el alta del hospital, pero estaba en cama y no podía ni sentarse. Los médicos no esperaban que sobreviviera. Volví a dar su nombre como caso. La mujer que trabajó en el caso dijo que veía coágulos en el pulmón izquierdo de la abuela y que tenía problemas para respirar.

José Silva impartiendo el Método Silva

“…a través de la función de ondas alfa puedes aprender a controlar tus problemas y mejorar tu vida… controlar tu salud, memoria, peso, sueño, dolores de cabeza… obtener calificaciones más altas… aprovechar tu potencial creativo… desarrollar la PES.”

Le pregunté si podía enviar ayuda, y lo hizo de una manera infantil, imaginando que le daba toquecitos a los coágulos con un paño mientras cantaba: “cura, sana, que no pasa nada”.

“Cuando llegué al apartamento de mi abuela, estaba sentada por primera vez. Dijo que se sentía mucho mejor. Hoy está viva, tan activa y alerta como antes del primer ataque”. Green dijo que estaba seguro de que su abuela tuvo una obstrucción en el pulmón izquierdo que sanó el día que su compañera del Método Silva dijo: “Cura, sana, que no pasa nada”. Puedo asegurar que no fue una coincidencia… solo sé que ocurrió”.

En la conferencia del lunes por la noche, Anderson también nos presentó la metodología, sin equipo: solo una muestra del “tiempo de vuelo” en un estado de placentera relajación autoinducida que desarrolla la capacidad de visualizar e imaginar, y una explicación general de la ciencia de por qué sucede esto. “No nos vamos a poner muy pesados con la ciencia”, dijo Anderson, que resumió que básicamente, en estado de relajación, la mente genera más ondas cerebrales alfa. “Al generar estas ondas, hay mayor sanación, mayor facilidad de visualización y se está más abierto a la PES”.

También recibimos una presentación general de José Silva, el otrora mesero mexicano-americano con tres años de estudios formales, que transformó su metodología parapsicológica en una franquicia nacional que crea psíquicos casi tan rápido como McDonald’s crea hamburguesas. En 5 años, casi 50.000 personas han tomado el curso, 14.000 de ellas en el área de Washington. Aquella noche, quince asistentes nos inscribimos al curso completo.

En las cuatro sesiones de entre semana —martes, miércoles, jueves y viernes— se habló de que Nils Bohr, Albert Einstein, Thomas Edison, y otros ya habían utilizado –consciente o inconscientemente– técnicas de control mental para hacer sus descubrimientos. Cada día, descendimos varias veces y por etapas al estado de relajación, acompañados de un zumbido de ondas alfa de 10 ciclos por segundo que emitía la grabadora de cassette portátil de Anderson.

El “estado de relajación”, también conocido como “Nivel 1” de la cuenta del 3 al 1 utilizada para llegar a ese estado, era una especie de estado de duermevela con los ojos cerrados, que supuestamente se tornaba más profundo, relajante y placentero por las ondas alfa, la visualización de escenas idílicas y otros ejercicios.

En un ejercicio, imaginamos un reloj en nuestra “pantalla mental”. Don dijo que podíamos usar el reloj subconsciente de nuestro cuerpo como despertador, programando mentalmente las manecillas del reloj a la hora que queríamos despertar y activando la alarma. También dijo que mientras estábamos “a nivel”, podíamos autosugestionarnos con que desaparecería cualquier dolor de cabeza, y que de forma similar, también podíamos “programarnos” para dejar de comer o fumar en exceso, y de hecho, erradicar prácticamente cualquier enfermedad. Parecía que no hubiera problema que el Método no pudiera solucionar, ni siquiera miopía o la procrastinación.

Hacia el final, Don leyó una serie de declaraciones mientras estábamos “a nivel”, como: “Nunca me permitiré desarrollar… artritis… diabetes… glaucoma… o la enfermedad conocida como cáncer”, y, “… …mis facultades mentales aumentan cada día para servirme y servir mejor… Cada día que pasa estoy mejor, mejor y mejor, en toda forma y de toda manera….”

“Pruébalo, te gustará”, instó Don después de explicar cada procedimiento. Probé el remedio para el dolor de cabeza y, para mi gran sorpresa, exorcicé uno de los punzantes dolores de cabeza sinusales que me dan y que, por lo general, solo cesan tras una enorme dosis de aspirina. Sin embargo, mi reloj mental parecía estar media hora atrasado con respecto de la zona horaria del Este de EE. UU., lo que me provocó varias mañanas caóticas. Aún no he tenido ocasión de probar la técnica llamada “anestesia de guante”, que supuestamente detiene el dolor intenso e incluso las hemorragias.

Anderson nos enseñó (“programó”) para eliminar los pensamientos malévolos diciendo: “Cancelar, cancelar”. Así, decía, los borraríamos de nuestros cerebros, que comparaba a “computadoras de millones de dólares”. Esta limpieza de pensamiento (“eliminación de la programación negativa”) y los aforismos fueron nuestra introducción a todo el contenido, fervientemente moral y en última instancia religioso y armónico, que impregna el mensaje del Método Silva. Anderson inició fuerte la clase del miércoles por la noche, exhortándonos a practicar el Método Silva para descontaminar ríos, reformar nuestro sistema educativo y traer la paz a Vietnam y a Ulster, entre otras cosas. “Tenemos que involucrarnos”, dijo. “Todo comienza con nosotros”. “Todo comienza con nosotros”.

Cada vez había más conexiones entre la ética del Método y representaciones bíblicas de Cristo como sanador por fe y maestro del control mental. Según Anderson, Cristo dijo a sus seguidores que fueran como niños, lo que para los aficionados del Método Silva, significa que debemos recobrar la facilidad de los niños para acceder al nivel alfa de ondas cerebrales, para la visualización y la imaginación.

Cristo también dijo que “el Reino de los Cielos está en nuestro interior”, que según Anderson, era una referencia al nivel de ondas cerebrales alfa. Pero la explicación detallada nos la dio Ron Williams, coordinador de área de Silva, que nos preparó para los ejercicios de PES del sábado. “Cristo dijo que saliéramos a limpiar a los leprosos y a sanar a los enfermos. Bueno, no sé ustedes, pero eso no es lo que hacían en mi iglesia”. Dijo que el mundo del Método Silva nos envía de vuelta al significado de la religión proclamada por Cristo.

Los 15 estudiantes del curso nos fuimos conociendo durante la semana, y comparamos nuestros motivos para asistir al curso. Carol vino con una “urgencia terrible” cuando sus amigos le hablaron del curso. Esperaba que le ayudara a entender a su hija adoptiva. Ella y su marido George viajaban a Beltsville cada día desde Annapolis.

Ted, un microbiólogo del gobierno que cursaba el Método por segunda vez, esperaba que le ayudara a aprender a tocar el órgano (no tuvo suerte la primera vez). Beverly estaba allí con Michael, otro graduado del Método. Dijeron que el Método Silva los había reunido gracias a un mensaje de PES enviado por Michael. Para Marcia —que estaba en el curso con su marido y su hija adolescente— el curso se relacionaba con su investigación de maestría en Historia del arte, que definía la tradición artística occidental como un devoto intentando impresionar a los huéspedes del hotel parándose de cabeza en el pasillo en los descansos entre clases.

Cuando Anderson preguntó en la clase introductoria cuántos habían leído libros de o sobre Edgar Cayce, el kentuckiano que afirmaba sanar y diagnosticar a la gente entrando en un trance hipnótico, la mitad levantó la mano.

Estas personas estaban dispuestas a creer. Para el jueves, mi constante cinismo comenzaba a irritar a algunos de mis compañeros. “¿Sigues siendo escéptico?” preguntó una chica mientras yo trataba de hacerle preguntas a Anderson.

“Vine con una misión. Esperaba encontrar charlatanes. Pero para el fin de semana, deseaba que funcionara, como todos los demás”

La respuesta es sí y no. Venía con una misión. Esperaba encontrar charlatanes. Pero para el fin de semana estaba esperando que funcionara, como todos los demás. No es que esperara que me declarasen inmune al cáncer ni que me dieran el don de los remedios milagrosos. Pensé que bastaría con aprender a concentrarme un poco mejor, recordar anécdotas y estadísticas más rápido al escribir, y tal vez tener la suficiente sensibilidad de PES para ser más efectivo a la hora de entrevistar a mis fuentes periodísticas.

El escenario del sábado fue surrealista: el salón de billar del Sheraton Silver Spring, donde nos combinaron con otra clase. Las ventanas del noveno piso, salpicadas de lluvia matutina, dejaban entrever el paisaje de Maryland perdiéndose en un brumoso horizonte. A través de otra pared de cristal se podía ver la cristalina piscina aguamarina, impecable. Durante su sermón introductorio contra el pecado del escepticismo, Don avisó que solo nos convencería nuestra propia experiencia. “Podría cruzar la piscina caminando y no significaría nada para ustedes, si no pudieran hacerlo ustedes mismos. De hecho, he caminado sobre el agua”. La clase lo miró, después miró a la piscina, y de nuevo a él. ¿Lo haría? “Claro que aquel día hacía mucho frío”, dijo, rematando el chiste.

La mezcla entre lo descabellado y lo místico era una característica constante del curso, una estrategia para dejar claro que el Método Silva no era “una completa chifladura”, como decía Anderson. Fue el método de presentación lo que nos llevó a creer. Por el lado más extremo parecía una mezcla entre quiromancia y proyección astral, y sin embargo, parecía más plausible que los no iluminados que aún nos resistíamos a aceptar el verdadero poder de la mente.

Pasamos el resto del día tratando de imaginarnos dentro de diferentes metales, dentro de plantas, dentro de un animal de compañía, y luego dentro del cuerpo humano. Visualizamos una proyección mental de nosotros mismos en nuestras “pantallas mentales”. Para algunos, el ejercicio fue difícil.

El “Método Silva ” me resulta confuso. Siempre me sorprendo cuando funciona. Pero sí, funciona”.

“No vi nada”, me confesó una mujer durante un descanso. Pero para otros, eran viajes fantásticos a través de los átomos tintineantes del acero inoxidable. Algunos podían palpar las células pulposas del interior de las plantas; otros afirmaron incluso experimentar la musgosa humedad de un invernadero. Pero para casi todos, la sesión del sábado por la noche fue la que pasó de lo explicable a lo estrambótico. Nuestro profesor era Peter Kline, que además del Método Silva, también impartía la disciplina más mundana: literatura inglesa, en la Sidwell Friends School, en Washington.

Más tarde, Kline expresó lo que muchos sentíamos: “El Método Silva me resulta confuso. Siempre me sorprendo cuando funciona. Pero sí, funciona”.

La tarea de la noche era construir nuestros “laboratorios psíquicos”, donde trabajaríamos en los “casos” al día siguiente. Los “casos” serían los nombres de amigos y familiares con problemas graves de salud. Nos presentaron cuidadosamente la lógica detrás de esta tarea: La PES puede demostrarse haciendo que la gente intente transmitir, por ejemplo, el número y el palo de un naipe. Pero tales asuntos triviales no son nada en comparación con la amplitud de señales PES generadas por un humano cuya supervivencia está en peligro. Nuestro objetivo era descifrar qué andaba mal, e intentar enviar ayuda psíquica. Algunos lo harían imaginando una operación, o el área afectada.

La fase inicial de la construcción fue fácil: visualizar una sala, con buenas vistas, si querías, y equipada con un escritorio, un sillón, equipo médico, archiveros, muebles y asientos para nuestros “consejeros”. ¿Consejeros? Sí, consejeros. Peter anunció que invocaríamos a un hombre y a una mujer de identidades indeterminadas para que fueran nuestros “consejeros”. Serían genios en todos los campos; personas universales, dijo. Aparecerían en nuestros laboratorios cuando estuviéramos en nuestro estado de relajación, a través de un ascensor imaginario especial en el que la puerta se abría de arriba abajo, revelando al “consejero” rasgo a rasgo. Nosotros, o nuestras mentes conscientes, seríamos testigos del proceso creativo de nuestras mentes subconscientes.

Era muy inquietante. Una mujer graduada del curso dijo que se conmocionó mucho cuando su “consejero” masculino llegó con una máscara animal. Finalmente lo convenció de que se la quitara, y resultó ser el analista que consultó una vez.

Bajamos las puertas de nuestro ascensor imaginario al ritmo de la secuencia que Peter leyó en el manual. “…Ahora puedes ver el cabello de tu consejero… su color… su peinado… ahora la frente… estás empezando a tener una idea de la edad del consejero… y ahora la cara, rasgo a rasgo… empieza a definirse… 

El nivel de emoción aumentó. Helen, antigua enfermera de mediana edad, me dijo más tarde que mientras su puerta imaginaria descendía, sentía cómo latía su corazón. “Me sentía alterada”, dijo. Sus “consejeros” le eran desconocidos. Para algunas personas, no apareció ninguno. Otros dijeron que aparecieron sus vecinos, antiguos compañeros de piso, viejos amores. Carol obtuvo a Ida Lupino; y otro estudiante a Danny Kaye. Mis propios “consejeros” resultaron ser el difunto Robert F. Kennedy y una chica que había conocido hacía 12 años.

“Pero diagnosticar a mis conocidos me sorprendió menos que mi propio diagnóstico de los demás. En el caso de un hombre de 94 años, vi sus ojos al lado de su cabeza y lo interpreté como que estaba perdiendo la vista (tenía glaucoma). Al final terminé preguntándole mentalmente si le pasaba algo más. No puedo explicarlo” 

Los “casos” iban a empezar el domingo por la tarde, y durante la clase matutina, la clase bombardeó a Peter con preguntas. ¿Importa si la edad y la dirección del “caso” no son exactas? No. De hecho, el nombre no es realmente necesario. ¿Qué pasa si no ves nada, te lo inventas? Sí, de hecho, todos sentirán que se lo están inventando. ¿Y si nos equivocamos? “No se preocupen, lo harán. Mucho. Pero acertarán más de lo que ahora imaginan”. Cuando empezó la sesión de la tarde, Kathy, Helen y yo hicimos un grupo. Nos turnaríamos para ser el “psíquico”, o quien hace el diagnóstico, el orientólogo, que presenta el caso, o el registrador, que escribe lo que dicen los otros.

El primer caso fue un desastre. Le di a Helen el nombre, la edad y la dirección de una amiga de mi esposa, embarazada de nueve meses, lo que me pareció un trauma bastante severo. “¿Puedes creer” –dijo Helen finalmente– “que no veo absolutamente nada?” Hicimos algunos cambios después del primer caso. Kathy y yo terminamos cambiándonos a un grupo con un graduado de un curso anterior, que había venido a repasar.

La falta de éxito inicial nos desanimó, y cuando empecé a trabajar con Kathy en el caso de un tío, víctima del misterioso deterioro de la actividad cerebral en los músculos conocida como esclerosis múltiple, mi escepticismo fue en aumento. Pensaba: “Después de todo, sabiendo la edad y el sexo del sujeto, el rango de posibilidades se reduce considerablemente”.

Se podría llegar a una conclusión lógica correcta en un alto porcentaje de intentos, especialmente si se daban algunas pistas. Al “orientólogo” se le permitía, por ejemplo, sugerir la revisión de determinado sistema, como el circulatorio, o hacer saber al psíquico cuando acertaba al identificar una parte del cuerpo afectada.

Sin embargo, el análisis que Kathy hizo de mi tío me hizo reducir mi cinismo. Sin proporcionarle pista alguna, al “escanear” el cuerpo identificó la cabeza y el cerebro como las áreas afectadas. “Hay una mancha oscura o una parte eliminada… pareciera como si se la hubieran comido…”

Más tarde, cuando se le pidió que examinara el resto del cuerpo, Kathy dijo: “Solo puedo ver que algo apunta a la zona del cerebro, como diciendo: “Es aquí, es aquí…'” Luego describió su movimiento: “Se inclina pesadamente hacia delante… como si tuviera sobrepeso… tengo la impresión de que se apoya más de un lado, el derecho; no usa el izquierdo… pero no creo que tenga nada roto…”

José Silva impartiendo el Método Silva

Era una descripción exacta de los síntomas de mi tío”. Pero lo más notable era que no lo retrató tan clara o rápidamente como otros estudiantes más tarde. De hecho, Kathy vio cosas que, según yo, no eran correctas. (Por ejemplo, pensaba que era un fumador empedernido y con sobrepeso).

El momento más conmovedor fue cuando Sally, otra compañera, intentó “enviar ayuda” a un viejo amigo mío, cuyo caso identificó inmediatamente como parálisis de la mayoría de las funciones musculares. “Es muy triste”, dijo con lágrimas escapando de sus ojos cerrados.

“Pero diagnosticar a mis conocidos me sorprendió menos que mi propio diagnóstico de los demás. En el caso de un hombre de 94 años, vi sus ojos al lado de su cabeza y lo interpreté como que estaba perdiendo la vista (tenía glaucoma). Al final terminé preguntándolo mentalmente si le pasaba algo más. No puedo explicarlo, pero me pareció oírlo decir: “No puedo comer”. Su nieto, que me había dado el caso, dijo que el anciano perdía constantemente sus dientes postizos y se quejaba de la comida que le daban cuando no los tenía.

¿Qué significa todo esto para mí ahora, dos semanas después? No he vuelto a tomar aspirina, y ahora peso menos de 79 kilos por primera vez en cuatro años siento que estoy durmiendo mejor. Pero no hubo ningún milagro. Solo he tenido cierto éxito con una técnica que comentan algunos graduados, para poner los semáforos en verde y encontrar estacionamiento”.

Claro que ninguno de esos dos problemas sería una ocurrencia improbable. Lo que más me sorprendió fue mi fuerte (y correcta) sensación de que, por lo demás, gozaba de una salud excelente, libre de problemas cardíacos, artritis, dolencias circulatorias, problemas intestinales o dificultades motrices. No detecté que era senil.

En el caso de un niño con dificultades para hablar causados por una lesión cerebral, se me trabó la lengua y tuve espasmos en el ojo derecho, los síntomas exactos del sujeto. Vi una histerectomía como un tubo abdominal con un lazo. Un par de veces pude describir con precisión a las personas involucradas, incluyendo sus cicatrices de acné y manchas de edad; un fumador de puros apareció fumando.

Me pregunto si se recibieron la “ayudas” enviadas. Y me parece increíble la idea de que me lo esté preguntando, cuando antes habría rechazado la posibilidad. Es increíble.

¿Qué significa todo esto para mí ahora, dos semanas después? No he vuelto a tomar aspirina, y ahora peso menos de 79 kilos. Por primera vez en cuatro años siento que estoy durmiendo mejor. Pero no hubo ningún milagro. Solo he tenido cierto éxito con una técnica que comentan algunos graduados, para poner los semáforos en verde y encontrar estacionamiento”.

No hay ninguna investigación que demuestre que los graduados del Método Silva tengan mejor salud, menos cáncer, menos dolores de cabeza o mayor dominio de la PES. Tampoco se han verificado científicamente la efectividad de los graduados en las carreras de caballos, la lotería nacional o el bridge.

Cuando una compañera de curso me llamó para ver si estaría interesado en dar seguimiento a mi práctica del Método Silva uniéndome a un “grupo de graduados”, le dije que sí, y le pregunté qué le había aportado a ella el curso. Dijo que la idea de enviar ayuda a otros, aunque el acto pudiera parecer imaginario. “Me cae mejor la gente”, dijo. Nunca supe si algún otro compañero obtuvo lo que esperaba del Método Silva. Dijo: “Quiero pruebas de que la vida es más que lo que dijo Shakespeare: un cuento contado por un idiota, que no significa nada”.

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